No podían vivir únicamente de su trabajo literario

Nevsky es una editorial con una buena vocación de publicar obras de autores rusos, clásicos y contemporáneos. Además de los famosos nombres de la literatura rusa del siglo XIX, su catálogo incluye obras de escritores menos renombrados, pero igualmente valiosos. Un ejemplo de ello son las Memorias literarias de Dmitri Grigoróvich. De allí extraigo un fragmento, que aunque hace referencia a la Rusia de hace casi dos siglos, sigue vigente del otro lado del mundo a pesar de los años. Es sobre la industria editorial:

Pero en aquella época sólo recibían honorarios los literatos famosos; el resto debía conformarse con tener la suerte de que publicaran sus obras, y si se les pagaba era de una forma tan miserable que no podían vivir únicamente de su trabajo literario.

Sobre regalías, ya había puesto acá algo de Jay Rayner, en su libro El hombre que se comió el mundo. De Nevsky había citado un libro de Anna Starobinets, contemporánea.

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No hay nada peor que un escritor que siente la necesidad de promocionarse a cada paso

Siempre he pensado que no hay nada peor que un escritor que siente la necesidad de promocionarse a cada paso, y que bombardea con sus libros a amigos, a críticos y toda persona que se cruza en su camino. Nada más aborrecible que los escritores que cada vez que tienen una lectura, conferencia o presentación en público presionan a sus conocidos para que los vayan a oír, para que “los acompañen” en esa ocasión especial. Yo valoraba más a mis amigos, a los que tuve, que mis patéticos logros en el mundo de las letras.

Es un fragmento de Las cenizas y las cosas, novela de Naief Yehya.

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Pedaleando por la ciudad…

Durante mi camino en bicicleta del centro de Guadalajara al centro de Zapopan me topé con una señora curiosa. Yo esperaba el siga sobre la ciclovía, detenido junto a los autos; ella iba a cruzar la avenida cuando me gritó, un tanto histérica, “¡Ustedes se pasan los altos y nos atropellan!”. Era el único ciclista, ¿cuáles “ustedes”?, pensé. No le dije nada: yo estaba detenido por el alto, no era el tipo de ciclista que tenía en mente para su queja. Mientras emprendía su camino para cruzar siguió berreando, “Pero quieren todo” (sospecho que ella podría ser alguno de los vecinos de colonias que detestan las ciclovías).

Recordé otra ocasión: me detuve a comprar un agua, por la sed que da pedalear con este calor. Luego de la compra iba caminando por la banqueta, bebiendo el agua mineral y con la bici a un lado. A pesar de no ir sobre la banqueta pedaleando, otra señora (o tal vez era la misma, ¿cómo saberlo?) me dijo que me bajara de la banqueta, que allí era sólo para los peatones. No supe qué decirle para mostrarle su desatino: yo era un peatón en ese momento.

De estas anécdotas rescato algunos detalles:

  • es preocupante que existan adultos presumiblemente funcionales que no tengan la capacidad mental para discernir una realidad medianamente compleja, no plana, y no generalizar a primera vista (“ciclista en alto: se lo pasa”; “bici en banqueta: va pedaleando”);
  • hay gente que tiene una “idea recibida” de los ciclistas, prejuicios que les impiden convivir en el espacio público. En general: hay gente que tiene ideas recibidas de cualquier “grupo” al que no pertenezcan (gente que “odia” al feminismo sin saber bien qué es, homofóbicos que no saben que seguramente algún querido familiar suyo lo es, automovilistas que aborrecen a los ciclistas porque “las ciclovías nos quitan espacio y ellos son muy pocos”, personas que aseguran que “los judíos son avaros”, y un largo etcétera que daría para redactar un diccionario de prejuicios idiotas);
  • y, por último, quizá lo más importante: cuando tengan sed beban agua mineral, refresca más (lo digo yo, que hice una ruta de 10 km de ida y 10 de vuelta, justo al mediodía, con 34ºC).
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Juan Rulfo y el documental como autoficción

Ayer en el Instituto Cultural Cabañas se estrenó un capítulo de la serie documental de Juan Carlos Rulfo sobre su padre, Cien años con Juan Rulfo: tiene algo de autoficción en su estilo cinematográfico. Además de ser el director, Juan Carlos es el narrador del documental, con voz en off—hasta allí todo bien; pero también sale entrevistado, lo cual es una especie de pleonasmo si ya nos estaba narrando y compartiendo anécdotas con voz en off… Pero bueno: de eso se trata la autoficción, de que el autor aparezca durante todo el relato.

Era el episodio dedicado a la fotografía, por cierto: el equipo de filmación va “tras los pasos de Rulfo” para repetir con la cámara las tomas que capturó hace medio siglo. También salen “personajes de la cultura” entrevistados dando su opinión de Juan Rulfo como fotógrafo (Vicente Rojo, hasta “Monsi”). Habrá que ver el resto de la serie (seis entregas más) para hacernos una mejor idea de lo que ha querido hacer Juan Carlos. El capítulo que se proyectó, por cierto, no era el primero: es el tercero de la serie (un gesto muy de George Lucas).

En fin, hay otro documentalista que hace largometrajes cercanos a la autoficción: Andrés Di Tella. Tiene uno sobre Macedonio Fernández, otro sobre los diarios de Ricardo Piglia. Y, hablando de fotografía, uno más titulado precisamente Fotografías (en el que pienso cuando digo que Andrés ha hecho autoficción en el formato de documental). Di Tella tiene algunos de sus documentales en línea.

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Me pareció una palabra tan rara que seguí repitiéndola…

Arrodillado en una silla y agarrado al travesaño superior dorado del respaldo, contemplaba los objetos de la vitrina. A la izquierda del reloj de oro había una jarra de peltre. Después de mirarla fijamente un rato, pronuncié la palabra “jarra”. Se parecía a la jarra plateada en que tomaba la leche en casa. “Jarra”, repetí, y me pareció una palabra tan rara que seguí repitiéndola hasta advertir extrañado que perdía su significado. Resultaba asombroso y me producía una vaga sensación de malestar. ¿Cómo era posible que “jarra” no significara jarra?

Es el primer párrafo de Memorias de un nómada, libro de Paul Bowles publicado dentro de la colección El Espejo de Tinta de Grijalbo, en 1990. El título de la colección viene de Jorge Luis Borges (supongo que María Kodama nunca lo supo).

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El gran libro

IMG_20170402_144004-2El otro día me compré este libro, quizá la novela con el formato mayor que se une a la biblioteca del hogar. Como referencia, pongo un diccionario alemán-español, la cosita amarilla en la esquina inferior derecha: lo alto del diccionario es casi lo mismo del grosor del libro gris, “el gran libro”, como lo llamaba su autor, Arno Schmidt. Pesa seis kilos, y tuve que cargarlo unos doce kilómetros, entre pronunciadas subidas y bajadas. Pero aguanté estoico, en parte por la buena compañía.

Temáticamente, por cierto, Bottom’s Dream (Zettel’s Traum en el original alemán) conjuga varias de mis fijaciones lectoras: influencia joyceana, Poe, juegos de palabras, traducción (ajá, la traducción es parte de la trama), además de ser un portento, una verdadera proeza de diseño editorial. Ya empecé a leerlo; como separador empleo una libreta.

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La tinta traza, puntea y revolotea

«En el mundo en blanco y negro, donde la tinta traza, puntea y revolotea, el calígrafo se olvida del mundo y de sí mismo: con el espíritu en mano, conjuga las imágenes y líneas en una relación elegante y orgánica… una danza eterna con una personalidad estética sin igual». 

Fragmento de Chinese Calligraphy, libro de Alex Schultz, Pete TYW Robinson y Zhu Tianshu. 

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