Un extranjero era sólo un mexicano en etapa de negación

Ser mexicano sin serlo del todo y, claro, vivir bajo el reproche de no serlo era el curioso destino de la prole de los migrantes en su país. México, campeón mundial en producción de exiliados, era, al tiempo, un lugar de autoritaria ineptitud para comprender la condición del hijo de migrantes: para un mexicano, todo el que no se entusiasmara con los guisos típicos y mostrara indiferencia ante las fobias y pasiones nativas (amor por cierta música más o menos espantosa, odio por ciertos países más o menos antipáticos, que podían incluso ser el del origen de la familia de la víctima) se convertía  irreversiblemente en un alucinado, en un impostor, en un mamón.

Su identidad mixta era considerada ridícula de antemano (especialmente si hablaba un español más o menos comprensible), era considerada falseada, producto de un esnobismo injustificable. Después de todo, ¿quién no querría ser ciento por ciento mexicano? ¿Quién podría osar no serlo? La mexicana era una tribu de identidad tan imperial como las palomillas de secundarianos: «Te has de sentir muy gachupín, pinche mamón»; «Has de ser muy madrileño, pinche mamón». Pero cualquier indicio posterior de mexicanidad en el acento, el paladar o el oído, por más que resultara natural, era tomado como una confesión, como la caída de un antifaz: «¿No que muy gachupín? Ya te vi tragando tacos». Sin petulancia ninguna, humildita como la hizo Dios, la identidad mexicana no se ofrecía como un matasello de civilización —como la francesa—, sino apenas como una marca de fuego que debía ser compartida en los lomos por todas las reses de la República, la quisieran o no. Mexicanos al grito de guerra y si los descendientes de extranjeros no eran adulones, que se callaran. Después de todo, un extranjero era sólo un mexicano en etapa de negación.

Un par de párrafos de Méjico, la nueva novela de Antonio Ortuño.

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Acerca de Fuga de Letras

Por trabajo he editado, he traducido, he corregido, he escrito, incluso he parafraseado.
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